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Cyber : La Génesis: Science Fiction and Robotics

By Valentino

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Book Id: WPLBN0100000166
Format Type: PDF (eBook)
File Size: 1.13 MB.
Reproduction Date: 08/01/2008

Title: Cyber : La Génesis: Science Fiction and Robotics  
Author: Valentino
Volume:
Language: Spanish
Subject: Science Fiction, Technology, Robotics
Collection: Authors Community
Subcollection: Science Fiction
Historic
Publication Date:
2008
Publisher: Self-published
Member Page: Valentino -

Description
El eco de las balas resonaba en las paredes de la cueva.–¿Sabe qué, profesor? ¡Vea qué triste ironía! Hoy me doy cuenta de que no sénada de la vida. Soy un completo ignorante de las cosas, a pesar de que me es-forcé siempre por encontrar la verdad de las mismas. No sé si usted alguna vezsintió y pensó lo mismo que yo, profesor, no lo sé, pero qué sensación más frus-trante la que se siente. Sí, y estoy llorando, profesor…, sí, así como usted me lorecomendó una vez…, cuando todavía vivía… Se alivia tanto la pena…»Y tú, Hasán… hermano… No sabes cuánto desearía unirme a tu dios. «Dios yyo somos uno en un mismo pueblo». ¡Oh, qué bello! Tú estás muerto, Hasán, ysin embargo, has muerto sin temores ni dudas, creyendo fielmente que Dios terecibirá cordialmente en su seno, como una parte suelta que vuelve a su Esen-cia. En cambio yo no espero más que Juicio a futuro, donde juzgarán cada una de mis acciones con lupa… ¡Y sólo Dios sabe si merezco vivir en los Cielos oquemarme eternamente, en una continuación de esta pena, en el Infierno!».Los disparos cesaron; luego otro estertor. El agujero se ensanchaba.–¡Escúchame, yanqui estúpido, lee mis labios: te mataré, y haré lo mismo conlos marranos que te acompañan, despedazándolos pieza por pieza, hasta bebersu sangre y aventar sus miembros al viento!Era Namia, el chacal, que gruñía desde la muralla, enfurecido; al verme indife-rente, metió el cañón de su arma y la descargó en una ráfaga.–¡Se te acaba el tiempo, cerdo americano, se te acaba! Ja, ja, ja… Ruégales a tustres dioses por salvación, porque no tendré piedad de ti. ¡Quiero tu sangre, me beberé tu sangre, y tu cabeza me servirá de trofeo!Me importaban un pepino las intimidaciones de Namia; mi cuerpo ni siquierase soportaba a sí mismo. Me recosté encima del cuerpo del profesor, desalenta-do; cogí una de sus manos, la que, para mi asombro, empuñaba fuertementeuno de los ortostatos. Sonreí. La abrí y tomé la tablilla. Recordé la escena en quela encontramos el profesor y yo, y el susto que me hicieron pasar; también caíen la cuenta de que el profesor nunca supo lo que había escrito en ella. «La des-cifraré para usted, profesor Leakey, y se la enviaré a Darayary para que su sa-crificio no haya sido hecho en vano. Las autoridades de Heidelberg estaránmuy orgullosos de usted; se lo aseguro».Transcribí los caracteres cuneiformes en el procesador de palabras; revelaba: ¡Esarhaddon, no temas!Yo, el dios Bel, te hablo...El dios Sin está a tu derecha y el dios Shamash a tu izquierda;sesenta grandes dioses están a tu alrededor,dispuestos en orden de batalla... ¿Esarhaddon? ¡Ah, ya recuerdo! Esarhaddon había sido el Príncipe de príncipesdel imperio asirio antes del asesinato de su poderoso monarca, Senaquerib, elmencionado en la Biblia, quien, después de que se hubo consumado el regici-dio, asumió el poder imperial; pero como era de esperarse ante tales sucesos,tuvo que enfrentar una gran rebelión de sus súbditos, evento que contrarrestar- ía con la destrucción de las ciudades rebeldes, entre ellas Sidón, en Fenicia, Ba- bilonia y las que colindaban con Egipto.

Summary
Novela de ciencia ficción que combina la tecnología antigua con la moderna. Un equipo de científicos americanos se embarca en una expedición antropológica al Irak huseinita, haciendo investigaciones sobre la vieja Mesopotamia, en plena guerra del Golfo Pérsico. Desgraciadamente, son secuestrados por milicianos mercenarios del ejército de Sadam Husein. Durante el cautiverio descubren un autómata milenario en el interior de una de las colinas desérticas. El hallazgo les proporciona una inmensa ayuda para liberarse del sometimiento enemigo, pero antes, cada uno de los personajes debe sufrir una catarsis existencial, religiosa, bajo el fuego abrasador de la acción, la penuria y la muerte…

Excerpt
Hasán se contuvo. Humo y fuego podían observarse más allá del pasaje; supuseque los mercenarios no podrían encontrarnos, pues por sus gritos de algarabía,pensé que quizá celebraban el reparto de algún botín. Vi a Hasán adelantarsehacia la fisura.–¡Espera, Hasán! –le susurré agitado. Éste, dubitativo, se detuvo–. No temas. Yperdóname lo que te voy a decir, ya que contraviene tus creencias: nosotros notememos a las maldiciones. Tememos, eso sí, a las malas acciones de los hom- bres de carne y hueso, antes que a las fuerzas sobrenaturales, si es que existenen este orden natural del Universo. Espero que sepas comprender lo que te es-toy diciendo. No me lo tomes a mal.Hasán tenía la cabeza inclinada hacia el frente, como aturdido.–Mi querido Basilio –irrumpió el profesor–, ahora que recuerdo los estudios deCeram, en este lugar Layard descubrió el castillo de Asurnasirpal II, el monarcaque gobernó la Mesopotamia desde el año 884 al 859 antes de la era común, yque se identificaba a sí mismo como descendiente directo del Nemrod bíblico.Eso dio comienzo a la leyenda de Mosul sobre la supuesta edificación de la To-rre de Babel en este sitio, aunque otros investigadores la ubican en otro puntogeográfico. Layard mismo relacionó este lugar con el del Génesis hebreo.–De acuerdo, de acuerdo. Dejando de lado lo de la Torre, que en esos días La-yard y su equipo confundieron con la fortaleza del monarca asirio –añadí–, estoque tengo ante mis ojos, profesor Leakey, jamás nadie lo ha visto, nadie, nadie:¡Es el primer robot fabricado por el hombre, hace tres mil años!Efectivamente, a lo largo del suelo polvoriento, se hallaba tumbado el armatos-te, fraguado en metal, de un hombre de talla gigantesca. ¡Sí, finalmente haría mientrada triunfal al Jardín de las Delicias de la Historia! Sí, definitivamente,aquello era el primer robot fabricado por la humanidad. ¡Quién podría creerlo!Lo fotografié minuciosamente. Su aspecto, no hay que repetirlo, era impresio-nante. En su parte superior, sobre una cabeza cubierta de rizos y espesas bar- bas, afloraba un casco en forma de cono. El autómata estaba vestido a la usanzaoriental, en un bajorrelieve escrupuloso, con gruesos faldellines colgando de lacintura metálica, túnicas ajustadas y hombreras arriba del torso. En su interior,pude advertir la existencia de un complicado mecanismo que era el corazónmismo de un sistema de tuberías. Un soberbio arco, flechas, una espada,además de una lanza y un macizo magual, del que se desprendía una larguísi-ma cadena, complementaban su semblante guerrero. –Disculpe, Basilio, pero creo que hay una inconsistencia en su última declara-ción.–¿Qué cosa?–El robot no puede tener tres mil años.–¿Por qué?–Vamos, vamos, Basilio, no se deje atrapar por el entusiasmo.–Pero dígame, ¿por qué no?–Bueno, usted sabe que para entonces la fundición de metales, especialmente ladel acero como el de este coloso, no estaba muy avanzada, pues el hierro esca-seaba (por no decir que era carísimo) y las técnicas de forjado estaban en suetapa experimental. Todos sabemos que en aquellos días el bronce era el metalmás usado en la Mesopotamia.–No, no, no, profesor –repliqué molesto–; usted se equivoca. Sé, por fuentesconfiables, que ya entre los años 1,600 al 1,200 antes de nuestra era, a falta deestaño para la fabricación del bronce, el uso del hierro se volvió muy común.Piense en este hecho, profesor: Si ya se fundía el hierro a fuego lento en moldesde arcilla, ¿no cree posible que a algún artesano se le haya ocurrido, en el inter-valo de esos 400 años, mezclar hierro forjado con carbón vegetal, fórmula pri-maria de la que bien pudo haberse obtenido el acero? Mi hipótesis está susten-tada en las espadas, lanzas, puntas de flechas, esculturas, además de narracio-nes cuneiformes hititas de hace tres mil años, aunque pocas, es cierto, que sehan encontrado por estos lugares desolados. En consecuencia, ¿qué habría im-pedido a este autómata cobrar vida?–Bueno, joven Basilio, voy a responderle antes de que se conteste usted mismocon esa dialéctica tan sugestiva: Mire, aparte de los problemas estructurales,piense en cómo debieron haberle dado energía vital a este gigante.–¡Oh, Dios! ¡Qué jodida! Creo que debo darle la razón, profesor Leakey. Su ar-gumento es muy convincente. Sin embargo, yo creo que… No; lo correcto esque siga escrutándolo. Pero si llegara a validar mi hipótesis, profesor, la Histo-ria tendrá que rescribirse. Seguía examinando al robot, y, para mi asombro, en medio del tronco, habíauna especie de escotillón. Lo halé. Esta vez no pude dejar de abrir la boca: aden-tro, había restos de una osamenta. ¡El robot podía usarse como una armadura!¿Pero qué tipo de energía utilizaría para funcionar? Una inscripción, en caracte-res griegos antiguos, estaba grabada en el fondo de la estructura: Ae-gelphántés . ¿En griego? Aquello me desilusionó: abrigaba la esperanza deque el artificio fuera de origen babilónico, pero tenía que rendirme ante las evi-dencias y aceptar la derrota ante el profesor Leakey. Era la hora de utilizar Ilmillione como traductor, e introduje la palabra en el procesador, que me en-tregó el siguiente resultado: «AEGELPHÁNTÉS: ARGIFONTE». ¡Por supuesto!Era el dios Hermes de la cultura helena, el siempre vigilante Mercurio, el plane-ta hirviente. Por medio de esta alegoría pude darme cuenta del tipo de energíaque emplearían para lograr su funcionamiento.–Mucho me temo, profesor Leakey, que usted no se equivoca –dije satisfecho.–¿Qué dice, Basilio?

Table of Contents
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